


Esta historia tuvo lugar durante la celebración del decimoséptimo cumpleaños de la joven Dama Roxanne Dubois.
Se trataba de una joven encantadora de cuna noble que gustaba de leer acerca de aventuras, historias fantásticas de otros mundos, amores que superaban la distancia y el tiempo como quien simplemente abre una puerta y allí está. Dorados eran sus cabellos radiantes como el Sol del mediodía. Sus ojos, verdes cristalinos como el mar del Caribe. Sus labios se debatían entre el carmesí y el rosado mostrando así un hermoso tono salmón, ligeramente carnosos, sin ser exagerados, la joven era sin duda todo un primor.
Allí por donde iba no pasaba desapercibida por más que tratara de ocultarse bajo el libro que tuviera a mano en ese momento.
Existían rumores sobre ella que quizá fuera la maldición de alguna bruja de mar para hacer perder la cabeza a aquel cuanto que la mirase ya que haría lo que fuera con tal de no dejarla escapar.
El Capitán Pirata Nickolai Harlock, escéptico de esas habladurías de la gente, decidió conocer a la joven de la que todos hablaban. Tras varios días de investigaciones en el pueblo, le pareció ver a quien encajaba con la mencionada descripción a lo lejos, caminando hacia las afueras.
​
“¿Una mujer hechizada? Gente estúpida. Una mujer es una mujer. Con las palabras adecuadas simplemente acabará abierta de patas.”
​
¡Ah, ingenuo capitán! ¡Qué equivocado estaba! En completo sigilo siguió los pasos de la joven dama hasta ver que ascendía por un risco donde lo único que quedaba era un saliente, un árbol y el murmullo de mar.
“Un lugar idóneo al que te has ido a posar, avecilla”
Pensó para sus adentros. Con su diestra, se atusó sus rebeldes cabellos oscuros, acomodándose el pelo de modo que ocultaran el lado derecho del rostro y de este modo, dejar fuera de la vista la enorme cicatriz que cruzaba el mismo, el parche de su diestra y las marcas de guerra. Acomodó sus ropas y esbozó una ladina sonrisa. Se acercó a la cara opuesta del árbol donde yacía la joven lectora sumida en las palabras que eran su medio de viaje.
“Es una buena tarde para leer al aire libre, ¿no cree usted que aun así es peligroso alejarse tanto del pueblo tan sola?”
El moreno cruzó los brazos a la altura del pecho esperando una reacción sobresaltada por parte de la contraria. Cual fuera su sorpresa cuando esta, manteniendo la calma, simplemente pasó página y no desvió la mirada
​
“¿Eso cree usted, señor? ¿Realmente estoy tan sola? Ahora en este lugar cuento como poco a dos”
​
El sonido de su voz era tan suave que hasta la mismísima brisa la parecía envidiar, pues los cabellos de la contraria se mecieron hasta el punto que se los tuvo que volver a colocar con apenas un gentil movimiento de su zurda.
El pirata bufó a modo de contenida carcajada. “Una joven interesante, pero sigue siendo una mujer”. Se mantuvo en su lugar sin aún querer revelar su apariencia a la contraria.
​
“¿Y qué le hace pensar a usted que alguien como yo es de fiar? “
​
La dama, que parecía adelantarse a las intenciones del contrario, sencillamente mantuvo la calma y respondió:
​
“Si usted quisiera mi muerte ahora mismo no estaríamos hablando. Si hubiera querido excederse, no me habría dejado salir del bosque que hay que atravesar de camino aquí. Si tan sólo quisiera robarme, ya se habría dado cuenta que aparte de mi libro no llevo nada de valor y si habláramos de secuestro, este lugar sólo tiene un camino de regreso. Le verían tan pronto como intentara llevarme a cualquier lugar.”
​
El Capitán quedó perplejo por aquellas palabras, la joven dama parecía ser de lo más perspicaz.
​
“Dime, muchacha, ¿qué lees con tanto afán?”
​
La joven pasó la página nuevamente antes de contestar, dibujándose una leve sonrisa en sus labios.
​
“La promesa del Mar. ¿Conoce usted la historia?”
​
El moreno frunció ligeramente el entrecejo decidiendo salir de su escondrijo, para caminar hasta detenerse frente de la Dama. Maldijo el momento en que lo hizo. La luz de la tarde preludiando el alba, resplandecía en sus dorados cabellos, reflejaba la palidez de su piel y revelaba el brillo de aquellos hermosos labios, recientemente humedecidos por la lengua de la contraria. Por un momento quedó absorto más trató rápidamente de recomponerse. De cuclillas frente a ella, llevó el índice a bajar el libro lo suficiente como para forzarla a alzar la mirada.
​
“La conozco. Esa y muchas más. El mar está lleno de leyendas, magia y misterio, jovencita”
​
Era extraño de decir pero, por alguna razón, los ojos de la dama parecieron abrirse de par en par, mostrando una ligera dilatación en sus pupilas delatando la sorpresa ante la imagen que tenía ante ella. ¿Un verdadero pirata? Tan sólo podía ver la picaresca sonrisa del contrario, el color miel del único ojo con el que la miraba, lo revoltoso que llevaba aquella corta melena y en sus ropas impregnado el aroma del mar.
​
“¿Aceptaría usted ser quien me las haga conocer?”