


Los años pasaron y fue una noticia lo que le hizo regresar a aquel lugar. Su joven Dama había aparecido en la costa tras haber saltado desde el acantilado. Las lenguas habían comenzado a hablar “su marido la abusaba, ella no dejaba de llorar, sus hijos habían advertido que la pobre se encontraba mal…”
Ni el mismísimo infierno describiría el grado de enojo que tomó la ira del Capitán. Iracundo, arrasó con el pueblo, hizo arder el bosque, redujo a cenizas el camino hasta la que era casa de quien le había arrebatado su mayor tesoro y no lo había sabido cuidar.
Tomó su sable y retó al contrario quien, acobardado tras una mesa, le ofrecía dinero, joyas, territorios…Hasta a sus propios hijos con tal de dejarle con vida.
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“Tú morirás esta noche, perro enclenque. Pelea por tu vida o muere como el cobarde que eres”
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La afilada mirada del Capitán parecía atravesar el alma del noble quien, a su pesar, sujetó la espada y se dispuso, entre temblores, a aferrarse a la única oportunidad de vida que tenía. Era más que evidente que esta pelea la ganaba el pirata más no fue una muerte rápida la que le regaló. Llenó su cuerpo de cortes, golpes, quemaduras al tirarlo contra la chimenea. Cuando ya sentía que el contrario estaba agonizando, clavó lentamente su propia espada en el pecho del mismo, escupiéndole en la cara con asco y desprecio.
Salió de aquel lugar dirigiendo sus pasos al acantilado donde por primera y última vez había tenido realmente alguien y algo que amar. Clavó su espada en el suelo y avanzó hasta el borde cayendo de rodillas, quedando cara al mar.
El reflejo del sol calentaba su cara más que lo que hacía las llamas que había provocado justo detrás. El sonido de las olas parecía traer de vuelta sus palabras, la brisa acariciaba sus labios como si con eso se fuera a calmar, no…nada tenía sentido ahora. La había perdido para siempre, ¿por qué no le había ido a buscar? ¡Maldita sea!
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“Lo siento, Roxanne…Te fallé cuando me necesitabas, quizá tarde en regresar, debí haberte secuestrado cuando tuve la oportunidad…Lo siento, mi amor”
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Si por el fuera y lo llamaran a jurar, diría que en aquel instante sintió como los finos brazos de su Dama lo rodeaban y trataban de reconfortar. Más la realidad fue muy distinta. Tras él un guardia arremetía por la espalda atravesando el pecho del pirata, dando así su final.
Aquel pinchazo nubló su vista que lentamente se fue apagando. Las olas cada vez sonaban más cercanas a medida que su cuerpo se precipitaba por aquel acantilado, encontrando las rocas afiladas ocultas por el mar.
Algunos dicen que a veces, cuando el atardecer es propicio, dos almas parecen bajo aquel árbol descansar. Otros, afirman haber visto a una joven y un hombre alto, caminar tomados de la mano por la playa aunque sus pies la arena no llegaban a tocar.
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"Pero hay algo que todos tienen en claro y es que quien ama, no conoce final. No importa el tiempo, no importa el espacio, tarde o temprano se volverán a encontrar."
