top of page

— No fue hasta que se alejaron lo suficiente del muelle que la dama de rojos cabellos dirigió una última mirada hacia la costa. Aquellas últimas palabras se le habían grabado y no dejaban de resonar en su mente. 
Sólo podía aferrarse a sí misma, era todo cuando realmente le quedaba. 
Había tardado años en regresar, tampoco esperaba que el contrario realmente hubiera sentido algo por ella nunca, jamás se dio cuenta con tanto juego y tanto tira-afloja. Siempre creyó que estaba imaginándose fantasmas tal vez para ahuyentar a la soledad, quizá por creer que alguien realmente era capaz de estar a gusto con ella a pesar de su prepotencia, sus trabajos de mierda y su fría sed de venganza. 
Siempre supo de la posibilidad que, tras la muerte de sus padres, alguien aún estuviera tratando de encontrarla a ella para dar fin del todo a la deuda que se cobraron con la vida de sus parientes. Esto siempre la había llevado a evitar lugares comunes para la gente normal, a moverse en silencio por las sombras, a no anunciar a los cuatro vientos que estaba viva y que había alguien que le importaba. Se juró a sí misma protegerse y proteger aquel sentimiento que sin esperarlo había nacido tras tanto tiempo en compañía del peliazul, hasta que realmente fuera capaz de hacer algo en caso de un ataque. 
¿En qué momento pasó tanto tiempo? Maldijo una y otra vez encerrándose en su camarote, tomando el perchero y estrellándolo contra la pared cargada de rabia. —

¡MALDICIÓN! 

— Gruñó con rabia lanzando el sombrero a un lado, abriendo la bodega para tomar una botella de vino y simplemente dejarse caer en el diván mirando por la ventana.—

Tengo cuanto me merezco y viceversa, ¿eh?

— Esbozó una sarcástica sonrisa haciendo volar el tapón antes de dar un largo trago a la botella. Se pasó la zurda por el pelo dejando la mirada perdida en la botella por unos instantes. Realmente había estado amando en silencio al estúpido impertinente de azulados cabellos. Lo bien que se veían sus felinos ojos a través de las columnas de humo que escapaban de entre sus finos labios, aquel tan característico aroma que maldita sea, debía saber mejor de su boca. 
El filo de sus palabras cada vez que intercambiaban puyas en aquel maldito interminable juego al que jamás tuvo idea realmente de jugar y al que, evidentemente, había perdido por apostar mal. 
La avidez de su lengua para contestar, la sutileza de sus movimientos y lo impetuoso de su fuerza, tanto como el mismísimo mar, tanto como ella. —

Maldita estúpida...Una vez más todo lo que tengo es esto. 

— Miró alrededor la lúgubre estancia que parecía hacer resonar sus palabras. Apretó con fuerza la botella en la mano dando nuevamente un profundo trago. Estaba agotada, exhausta, realmente no había logrado nada. No había tomado aún venganza, no había conquistado siquiera todo Bilgewater, no se había ganado al letal felino a su lado...Sin embargo este lo había conseguido todo. Ahora tenía algo a lo que llamar hogar, alguien esperándole, posiblemente alguna mujer más decente que una Caza-recompensas aunque bueno, eso no era complicado. Algo a lo que llamar familia...Y ahora algo a lo que llamar pasado y olvido. —

Vete a la mierda, Sarah.

— Se despreció a sí misma lanzando la botella con rabia contra la pared importándole más bien poco como de perjudicado quedase el resto. ¿Acaso importaba? Claro que no. 
La pelirroja se dejó caer en el diván simplemente dejando que aquel dolor que había obviado hace años se adueñase del pecho desgarrando el mismo. 
Ocultó bajo el antebrazo sus ojos, algo brotaba de los mismos y quemaba, sus propias lágrimas se habían hecho camino hasta rodar por sus mejillas y precipitarse a la roja tela del mueble. 
En completo silencio nació y murió el llanto de la capitana mientras el eco de las olas la arrullaban hasta el sueño — 

© 2023 by DO IT YOURSELF. Proudly created with Wix.com

bottom of page