


¿Cómo iba a negarse a tal petición? Aquella joven de dorados cabellos había conquistado en apenas un instante su voluntad.
Los días pasaron y cada semana, al atardecer, el Capitán acudía a aquel lugar. Siempre tenía una historia que contar pues sus ojos habían visto mundo y su barco no dejaba de navegar.
De sus viajes comenzó a traer recuerdos, presentes que acompañaban y eran testimonio de las historias que le iba a contar. La sonrisa de la contraria era el mejor de las recompensas que jamás pudo imaginar.
Fue en el atardecer de su decimoctavo cumpleaños cuando decidió hacerle el regalo más especial. Una pulsera de oro cobrizo con colgantes de motivo marino. Con esta iba una historia que nacía desde el corazón y una promesa que no conocía de final.
No obstante, la joven parecía triste, afligida, algo debía ir mal. No había comenzado aún su historia y la contraria se había adelantado a hablar.
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“Antes de que comencéis con vuestra historia…hay algo que os debo confesar, mi querido Capitán. “
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Si algo sabía el moreno, es que aquellas palabras en boca de una mujer, significaban que algo iba realmente mal. Se temió lo peor, pero fuese lo que fuese, él lo tenía claro, seguiría a su lado hasta el final.
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“Ha sido confirmado el nombre de quien será el hombre con quien me he de desposar. No podré regresar a este lugar en mucho tiempo, Nick. Esta vez…será la última que te pueda escuchar.“
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La voz de la joven sonaba tan quebrada, tan rota… ¿Dónde había quedado el dulce canto de la avecilla que lo había conquistado un año atrás? Temía que ese día llegara ¿Pero tan pronto? Maldición, ¡no era justo! Se la llevaría lejos, lo suficiente como para que recuperase su sonrisa. ¡Al cuerno aquel lugar! El moreno parecía confuso, enfadado, preocupado, se había hecho un verdadero lío con aquella situación.
La joven dama tendió sus manos para tomarle de las mejillas y tratar de hacerle calmar. Sus pulgares recorrieron estas notando por un lado sus cabellos y por el otro el relieve de su piel marcada. Gentil, delicada, hizo su mejor esfuerzo por mostrarle una dulce sonrisa.
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“Sé cómo te sientes, mi amado Capitán…Si me pides que contigo navegue, esta noche venme a buscar. Lo dejaré todo, aprenderé a navegar, si tú estás a mi lado…no importa nada más”
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Las palabras de Roxanne no ayudaban en nada a aclararse los pensamientos del pirata. No quería escuchar aquello a pesar de que su corazón lo gritaba haciendo eco por cada rincón de su cuerpo. Quería llevarla lejos pero ante todo…quería su felicidad.
Su mundo era aquel pueblo, los libros y las aventuras que él le iba a contar y aun así, cuando le hablaba de batallas, sangre y guerra, la joven se parecía acongojar… No, no podía llevarla bajo un cielo donde sus alas se destrozarían al intentar volar. Sintió como se clavó el puñal a sí mismo antes de responder a su querida dama.
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“No puedo concederte ese deseo, mi Dama adorada. Tu luz se apagaría tan pronto como intentaras cruzar el mar. Es frío, despiadado, a él con tu mirada no lo vas a doblegar. O peor aún, si de ti se enamora, va a querer reclamarte pues es muy caprichoso. No me lo podría perdonar…”
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Podía entender la elección del Capitán, más era inevitable sentir que algo en ella se quebraba al pensar que aquel momento marcaba su final.
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“Cuéntame una última historia, Nick. Por favor…una vez más…”
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El moreno tomó asiento contra el árbol y acogió a la joven dama entre sus brazos. Comenzó a contar su historia, la misma que tenía en mente en un principio pues a esas alturas, ¿qué más da? A medida que terminaba la historia, tomó la diestra de la dama con gentileza, colocándole la pulsera. La acercó a sus labios dejando un beso en el dorso de la misma antes de permitirle mirar.
Roxanne observó la joya en su mano con los elementos que recordaban al mar. Apenas lo había pensado pero ella jamás le llegó a regalar nada y en ese momento quería hacer algo especial.
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“Permite, antes de marcharme, que sea yo quien te haga un regalo, mi Capitán”
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Y sin apenas dar tiempo de reacción al contrario, se abalanzó sobre su pecho alcanzando a besar lentamente sus labios. Sus cristalinos ojos se ocultaron tras los párpados mientras que entregaba en aquel beso, su agradecimiento, amor y amistad.
El Capitán quedó estupefacto por un instante hasta que sintió enmudecer a las olas y el viento había dejado de soplar. En aquel momento el tiempo se había detenido quizá como regalo por haber regresado siempre a aquel lugar.
Tomó entre sus brazos a la joven correspondiendo a aquel beso que deseó no acabar. El dulce néctar de sus labios era la panacea capaz de curar cualquier dolor que tuviera su alma. Sus dedos se hundieron en la rubia melena de su Dama meciendo estos con ternura.
Al separar sus labios de los ajenos, acarició los mismos con un susurro.
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“Si ese desgraciado te hace llorar una sola vez, ven a mí. Te protegeré y si es necesario le mataré. Intenta ser feliz, mi amada…”
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La joven asintió acariciando su rostro por última vez, grabando en su pecho los rasgos de aquel al que realmente amaba.
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“En otro lugar, en otro tiempo, nos volveremos a ver. Y entonces no habrá mar que no surquemos ni nos perderemos ningún amanecer. Conquista el mar por mí, mi bien amado pirata.”
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Tras aquellas palabras, la joven regresó a su hogar sin atreverse a mirar atrás, pues sentía que de hacerlo acabaría por saltar al mar.
El Capitán vio caer la noche y no fue hasta bien entrada la madrugada que decidiera levantarse y regresar a su navío. No zarparía hasta el día de las nupcias desde donde una distancia prudencial, observó a su Dama desposarse y atar su vida a quien bien sabe, ni conoce ni va a amar.
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