

— Nuevamente había sido otra noche más que, tras haber empezado mejor que nunca, acababa teñida por sarcasmos, malas palabras y tensión.
La pelirroja llevó la diestra a sujetar el colgante que pendía de su cuello y que el felino le había regalado como agradecimiento por su amistad. No es como si aquello hubiera sido necesario pues siempre y como ya había dicho, había creído más en las acciones que en lo material. No era mujer de tener que ser agasajada con regalos.
Sin embargo, aquel gesto lo había apreciado más de lo que él pudiera imaginar. El azul de aquel zafiro bien le recordaba a sus fríos y brillantes ojos, a la penetrante mirada del mercenario.
Frío...como la fría oscuridad que parecía envolverle, como la fría cama que le esperaba todas las malditas noches, la fría mañana que le recibía tan solitaria y llena de una espera eterna.
Mierda, ¿qué más tenía que hacer para que el contrario abriera los ojos de una vez? Aquello no era vida, cada vez era...era como si fuese menos él. Lo estaba perdiendo ante sus ojos y era jodidamente desesperante.
Quería al maldito descarado que la provocaba, que la tentaba y tener la maldita libertad de llevarlo a un límite sin tener que llevarse un zarpazo en toda la cara.
Una vez leyó que había que luchar por lo que se quería y que a veces el corazón es capaz de cegar tanto que asfixia a la razón, llevando al portador de los mismos a la mayor de las locuras y al suicidio.
Por un momento sopesó la posibilidad de que esa maldita soledad que había provocado el egoísmo de la enfermera cuentagotas, estuviera siendo la causante de esa situación en él.
Maldijo tantas veces el nombre de la peliverde que perdió simplemente la cuenta—
Maldito idiota. ¿¡Qué más tengo que hacer!?
— Golpeó el escritorio haciendo que el tintero se derramase por el pergamino empapando este de oscuridad. Sus ojos contemplaron como la tinta poco a poco iba avanzando tiñéndolo todo. Aquello era una descripción perfecta de la situación. De lo que ella había experimentado y de lo que parecía estarse adueñando del felino. —
¿Por qué demonios no quieres ver...?¿Por qué no puedes verme...?
— Su voz sonó quebrada ahogando la ira y la tristeza. Bajó la cabeza llevándose las manos a la misma hundiendo los dedos en su rojo pelo masajeando el cuero cabelludo.
Exasperada, suspiró tratando de calmarse y respirar. No podía dejar que aquello la tomase de vuelta y de hacerlo, antes debía asegurarse que la tomaba solo a ella, no a él...no se lo perdonaría. A fini de cuentas, era el deber de una Guardiana ¿no? Preservar la luz en los corazones luchando con todo. —
Creo que ya sé lo que tengo que hacer.
— Miró a Boki y Baki esbozando una leve sonrisa. Los pequeños sabían que ese momento debía de llegar y estaban preparados para ello. Asintieron con convicción mirando a Fortune —
Me importa una mierda lo que diga y lo que sienta su corazón. Me niego a perderle por una mocosa caprichosa que no sabe valorar lo que tiene.
— Se puso en pie apretando los puños. Si él caía en las sombras, podía tener por seguro que así fuera a patadas lo iba a sacar de las mismas. Así tuviera que dar hasta el último resquicio de luz de su cuerpo.
Era eso lo que hacían los amigos, ¿no es así? Darlo todo por el contrario sin importar qué, sin importar el tiempo.
No esperaba otra recompensa,no esperaba que cambiara su visión de las cosas, no esperaba nada que no fuera verlo llegar al puerto todas las noches desarreglado y con un cigarro entre los labios.
Le daba igual dejaba a la enfermera y se iba a tirarse a cualquier otra antes que a ella. No le importaba.
Abrió la ventana mirando amenazante de tormenta al cielo señalando al mismo—
¡Eh tú! ¡Estrella primigenia! Me has dado poder para cumplir con algo, ¡demuéstralo!
Ayúdame a protegerlo, a salvarlo de las sombras, devuelve al que era antes de todo esto.
— Boki y Baki alzaron ambos las patas pidiendo lo mismo a la estrella. Hasta ellos estaban dispuestos a tal sacrificio por el felino —
Me importa una mierda lo que pase conmigo, ya he cumplido mi venganza. Sólo...concédeme esto.
— Un destello rojo se vislumbró en el cielo lo cual tomo a modo de respuesta. En sus labios, se dibujo una ladina sonrisa. —
Y vosotros dos...disfrutemos de este tiempo. Debemos estar preparados para cuando sea el momento.
— Decidió salir con ambos del barco para darse un paseo por el puerto y comprarles algún helado. Un poco de calma antes de la inminente tormenta —

REFLECTION