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El Retorno de la Maldición del mar (Harroween)

  • 31 oct 2017
  • 2 Min. de lectura

Había dicho que tardaría dos semanas pero lo cierto era que pasó algo más de tiempo hasta que regresó a aquel lugar donde tuvo la más amarga de las despedidas.

Tan pronto como se divisaba el muelle, Sarah se acercó a la barandilla para observar la cada vez más cercana ciudad costera.

Aquel amargo recuerdo azotó su mente como si aquella brisa lo hubiese traído sin demora alguna. El revoltoso pelo del felino ondeando, la fría mirada que en aquella ocasión le había dedicado, lo punzante y ponzoñosas que habían sido las palabras de ambos…

Maldecía mil y una veces desde aquel día por todos aquellos momentos que le hubiera gustado compartir con él y que nunca serían. ¿Acaso la vida no podía darle un maldito respiro? ¿Estaba condenada a vagar en mares de sangre y odio? Tal parecía que así sería…

No esperaba encontrarle allí, ya no. Lo único que le quedaba a ella era ella misma o eso creía. Tal vez fuera el sofoco por el enfado de recordar aquella tarde pero sentía como si la sangre estuviera en ebullición recorriendo cada rincón de su cuerpo.

Tan pronto como arribaron, el navío ancló y los cabos fueron asegurados, dando vía libre a sus hombres de disfrutar aquella noche pues en la siguiente tendrían que estar avispados.

Ella por su parte, decidió bajar y darse un paseo por la playa para despejarse un poco.

Al acercarse a la orilla y sentir el agua acariciar sus pies, la Dama Fortuna suspiró con alivio perdiendo sus esmeraldados orbes en el horizonte, observando alzarse a la Dama de la Noche.

“Y a pesar de todo…realmente he vuelto aquí. Da gusto estar en tierra firme aunque ahora la vea más vacía que nunca…”

Murmuró exhalando un pesado suspiro. Pobre Capitana….no notó tan siquiera el paso del tiempo, el como la Luna cada vez estaba más en su Auge, sobre ella, reflejando su figura a sus pies. El agua comenzó a volverse turbia, aquel calor que la recorría no parecía remitir de ningún modo, ni aun sintiendo como su vista se nublaba y le faltaba el aire, fue capaz de reacción alguna. Tan solo sentía como se iba sumiendo inevitablemente en el sueño.

Perdió la consciencia tan pronto el agua trepó por su cuerpo cubriéndola por completo. Para cuando su figura fue revelada, muchas cosas habían cambiado pues, la criatura, había despertado.

“¡Por fin! Pensé que nunca volvería. ¡Hora de dar una lección a esos mequetrefes! ¡Que entonen sus alaridos en deliciosa alabanza! ¡La maldición ha regresado y a todos alcanza! ¡Hahaha! “


 
 
 

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